¿La IA Puede Acabar con la Humanidad? Lo Que Dicen los Expertos.
Investigadores, la ONU y científicos premiados debaten si la IA representa un riesgo existencial real. Un repaso periodístico a las voces a favor y en contra.
La pregunta ya no suena a ciencia ficción ni se queda confinada a foros de tecnología. En septiembre de 2026 llegó, casi al mismo tiempo, a un salón de Naciones Unidas en Ginebra y a los titulares de medios generalistas de habla hispana: ¿puede la inteligencia artificial representar una amenaza existencial para la humanidad? Lo llamativo no es que se haga la pregunta —se viene haciendo desde hace más de una década— sino quién la está haciendo ahora: ya no son solo filósofos o escritores de ciencia ficción, sino la propia ONU y algunos de los investigadores que construyen estos sistemas dentro de las compañías líderes del sector.
Una advertencia desde Ginebra
El 7 de septiembre de 2026, el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, tomó la palabra ante el Consejo de Derechos Humanos para lanzar una alerta poco habitual en ese foro: la inteligencia artificial más avanzada podría convertirse en una amenaza existencial si no se establecen con urgencia normas internacionales de seguridad y supervisión. Türk fue explícito sobre el origen de su preocupación: dijo compartir la inquietud de expertos de la propia industria tecnológica sobre el riesgo existencial que podría suponer una IA avanzada, y pidió «garantías férreas» sobre la seguridad de estos sistemas.
No se quedó en lo abstracto. El funcionario anunció que enviaría cartas a las principales empresas del sector exigiendo medidas inmediatas, y pidió a los países que albergan a esas compañías acordar «líneas rojas» comunes sobre el desarrollo y despliegue de la tecnología. También expresó una preocupación más concreta y menos futurista: el uso de IA en armamento capaz de tomar decisiones letales sin intervención humana, un escenario que —según reportes— ya se habría utilizado en el conflicto entre Rusia y Ucrania.
La voz que vino de dentro
Días antes de esa declaración, otra advertencia había circulado con fuerza en redes: la de Jacob Coxon, un investigador que trabajó en Anthropic y renunció, según se reportó, en protesta por la carrera de las empresas tecnológicas hacia sistemas cada vez más avanzados. Coxon publicó que cree que la IA podría representar una amenaza extrema para la humanidad antes de que termine la década, y acusó a las compañías del sector de jugar con el futuro de las personas. Su mensaje fue respaldado poco después por Evan Hubinger, investigador de la misma compañía enfocado en el control de sistemas de IA, quien estimó en 10% la probabilidad de un riesgo de extinción humana en la próxima década.
Estas no son voces aisladas. Geoffrey Hinton, considerado uno de los padres de la inteligencia artificial moderna y ganador del Premio Turing, ha advertido durante años sobre los riesgos de una eventual superinteligencia, y en su momento renunció a un cargo en Google para poder hablar con libertad sobre el tema. Yoshua Bengio, también ganador del Premio Turing, ha pedido regulaciones estrictas para el sector. En julio de 2026, más de mil empleados de distintas empresas de inteligencia artificial firmaron una carta pública alertando sobre una eventual pérdida de control sobre estos sistemas.
El otro lado del debate: escepticismo, no negación
No todos los científicos que trabajan en el campo comparten ese nivel de alarma. Yann LeCun, científico jefe de Meta, ha calificado los escenarios de tipo apocalíptico como extremadamente improbables. Su argumento de fondo, compartido por otros escépticos del riesgo existencial, es más terrenal de lo que parece: una inteligencia artificial, por avanzada que sea, sigue dependiendo de servidores, electricidad, redes de datos e infraestructura que permanece bajo control humano.
Esta tensión no es nueva. La entrada de Wikipedia sobre riesgo existencial de la IA recoge años de este mismo debate: ya en 2015, el vicepresidente de Baidu, Andrew Ng, comparó preocuparse por el riesgo existencial de la IA con preocuparse por la superpoblación en Marte antes de haber pisado el planeta. Otros críticos han señalado que ese tipo de comparaciones alarmistas —como la de «invocar a un demonio», usada en su momento por Elon Musk— pueden terminar siendo contraproducentes si derivan en recortes drásticos a la investigación en seguridad de IA, en lugar de impulsarla.
Un análisis reciente sobre este debate resume bien el matiz que muchas veces se pierde en los titulares: el riesgo existencial de la IA que preocupa a buena parte de los expertos no es el de una rebelión de máquinas al estilo Hollywood, sino el de sistemas que, persiguiendo un objetivo mal definido, terminen tomando decisiones con consecuencias negativas graves para las personas como simple efecto colateral de ese objetivo.
Lo que ya está pasando, sin esperar a un escenario extremo
Mientras el debate sobre extinción humana sigue abierto, hay riesgos que ya no son hipotéticos. Reportes recientes documentan que, más allá de cualquier escenario catastrófico a largo plazo, los riesgos actuales más tangibles de la IA incluyen desinformación masiva, manipulación política, vigilancia y pérdida de empleos. La propia Anthropic informó en septiembre de 2026 sobre intentos de utilizar su modelo Claude para fines relacionados con el desarrollo de armas biológicas, un recordatorio de que buena parte del riesgo real hoy no depende de que una IA se vuelva «consciente», sino de cómo actores humanos intentan usarla.
Expertos en gestión de riesgo, como el director del Centro de Análisis de Riesgos de Harvard, James Hammitt, han señalado un problema adicional: la dificultad humana para calibrar correctamente el miedo a lo desconocido frente a riesgos ya conocidos y estadísticamente mayores, de la misma forma en que solemos percibir los aviones como más peligrosos que los automóviles pese a la evidencia en contrario. Toby Ord, investigador de Oxford y autor del libro El precipicio: riesgo existencial y el futuro de la humanidad, ha propuesto un concepto que ofrece un marco más sereno para pensar el problema: aspirar a lo que llama «seguridad existencial», un estado en el que el riesgo existencial —cualquiera sea su origen— se mantiene bajo y controlado de forma sostenida, en lugar de buscar una respuesta binaria de sí o no.
La conclusión que no cierra el debate
Lo único en lo que prácticamente todas las voces —alarmistas y escépticas— coinciden es en esto: la velocidad del desarrollo de la IA ha superado la velocidad de la regulación, y esa brecha es, en sí misma, un riesgo. Si la humanidad va a desaparecer por causa de la inteligencia artificial es una pregunta que, honestamente, nadie puede responder con certeza hoy. Pero la pregunta que sí tiene urgencia inmediata, y en la que coinciden tanto la ONU como los investigadores dentro de las compañías de IA, es otra: quién decide las reglas del juego mientras todavía hay tiempo de escribirlas.