Desde que la inteligencia artificial y el algoritmo empezaron a tomar fuerza, los medios de comunicación no fueron agenos a estos avances tecnológicos. Hoy en día el periodista presionado por el alcance en las métricas y el algoritmo de las redes, ha sido orillado a escribir para seducir a un algoritmo que nunca leerá una sola línea con emoción.
Hay una pregunta incómoda que los periodistas deberían hacerse cada mañana antes de escribir la primera línea: ¿para quién estoy escribiendo esto, realmente? Si la respuesta honesta es «para que Google me encuentre«, algo se ha roto. Y lleva tiempo roto.
El periodismo siempre tuvo un contrato sencillo y poderoso: alguien investiga, piensa y cuenta; otro lee, entiende y actúa. Ese intercambio fue, durante siglos, la razón de ser del oficio. Hoy ese contrato existe todavía en los manifiestos y en los discursos de los premios. Pero en las redacciones, silenciosamente, lo ha reemplazado otro: el contrato con el algoritmo.
El lector ya no es el destino del texto. Es, en el mejor de los casos, una consecuencia de haberle caído bien al algoritmo.
El día que el titular dejó de hablarle a una persona
Piensa en los titulares que lees hoy. Muchos siguen un patrón tan reconocible que ya parece parodia: «Las 7 razones por las que…», «Lo que nadie te cuenta sobre…», «Esto es lo que pasa cuando…». No son titulares pensados para despertar curiosidad genuina. Son titulares diseñados para activar los sistemas de ranking de Google, para capturar palabras clave, para encajar en un patrón que la plataforma premia con visibilidad.
Esto tiene un nombre técnico en el mundo del marketing digital: SEO, optimización para motores de búsqueda. Y no hay nada malo en querer ser encontrado. El problema llega cuando el SEO deja de ser una herramienta y se convierte en el criterio principal de escritura. Cuando el periodista ya no pregunta «¿cómo cuento esto de la manera más clara y verdadera?» sino «¿qué palabras está buscando la gente en Google esta semana?»
En 2023, un análisis del Reuters Institute reveló que más del 60% de los editores digitales consideraban el tráfico de búsqueda su principal fuente de lectores. En ese mismo período, plataformas como Google y Meta cambiaron sus algoritmos varias veces, enviando el tráfico de numerosos medios a caer entre un 20% y un 40% de un día para otro. Ninguno de esos medios había hecho periodismo peor. Simplemente habían dejado de encajar en una fórmula que ellos mismos nunca conocieron del todo.
La trampa de la métrica

Las redacciones modernas viven rodeadas de números. Cuántos clics tuvo esta nota. Cuánto tiempo pasó el lector en la página. Cuántas veces se compartió. Cuántos «usuarios únicos» llegaron desde el buscador. Hay pantallas en las salas de redacción que muestran esas cifras en tiempo real, como si fuera la bolsa de valores. Y en cierto sentido lo es: el valor del contenido cotiza ahí, en esos números.
El problema no es medir. El problema es confundir lo que se puede medir con lo que importa. Un artículo que cambia la forma en que alguien entiende el mundo puede no recibir muchos clics. Una nota vacía sobre una celebridad puede arrasar. El algoritmo no distingue entre los dos. Solo cuenta. Y los editores, cada vez más presionados económicamente, terminan siguiendo al contador.
El algoritmo no sabe si un artículo es verdadero, justo o necesario. Solo sabe si la gente hizo clic. Y nosotros hemos decidido que eso es suficiente.
Escribir para una audiencia que no existe
Hay algo profundamente extraño en escribir para un algoritmo. Los algoritmos no se emocionan. No se indignan. No llaman a un amigo para decirle «oye, tienes que leer esto». No cambian de opinión después de leer una historia bien contada. No votan, no marchan, no cuidan a nadie.
Y sin embargo, en la práctica, el periodismo digital ha aprendido a escribir como si el lector ideal fuera exactamente eso: una entidad fría que busca palabras clave, que responde a ciertos formatos, que prefiere las listas a los párrafos y los titulares de impacto a los títulos precisos. Un ser sin historia personal, sin contexto, sin emociones.
La ironía feroz de todo esto es que los algoritmos se alimentan del comportamiento de personas reales. Lo que aprenden a premiar es, en teoría, lo que la gente quiere. Pero «lo que la gente hace clic» no es lo mismo que «lo que la gente necesita leer». Y tampoco es siempre «lo que la gente realmente quiere», porque los deseos más profundos raramente se expresan con una búsqueda en Google.
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Lo que se pierde en el camino
Cuando una redacción empieza a escribir para el algoritmo en lugar de para el lector, las pérdidas no siempre son dramáticas ni visibles. No hay un día en que todo explote. Es una erosión lenta. El periodista deja de tomarse tiempo para encontrar el ángulo verdaderamente original de una historia porque «no tiene tráfico suficiente». El editor descarta un reportaje profundo porque «el tema no está en tendencia». La investigación que llevaría semanas no se hace porque no habrá manera de optimizarla para búsqueda.
Se pierde la voz. Los textos escritos para algoritmos tienden a parecerse entre sí. El estilo personal, los desvíos inesperados, el humor seco, la indignación honesta, todo eso que hace que un texto sea de alguien y no de todos, desaparece en favor de una prosa aséptica y predecible que el sistema procesa bien.
Se pierde también la confianza. Los lectores, aunque no siempre sepan nombrarlo, perciben cuando un texto fue escrito para ellos y cuando fue escrito para otro propósito. La sensación de estar siendo usado como un número dentro de una estrategia de tráfico es difusa pero real. Y es una de las razones por las que tanta gente dice que ya no lee los medios, o que ya no los cree.
El Digital News Report 2024 del Reuters Institute documentó que la confianza en los medios de comunicación cayó en la mayoría de los países estudiados. En España, menos del 40% de los encuestados declaró confiar en las noticias en general. No toda esa desconfianza es culpa del algoritmo. Pero parte de ella, sí: la gente distingue entre periodismo que le habla y contenido que la utiliza.
¿Tiene solución?
La buena noticia es que hay medios que están eligiendo un camino diferente. El periodismo de membresía, donde los lectores pagan directamente por el trabajo periodístico, ha crecido con fuerza precisamente porque rompe la lógica algorítmica: si tus ingresos dependen de que el lector te elija y te renueve, tienes que escribir para ese lector, no para Google.
Publicaciones como The Guardian, que combina un modelo de donaciones voluntarias con periodismo de calidad, o medios locales que han apostado por comunidades pequeñas pero comprometidas, demuestran que existe otra economía posible. Una en la que el valor no lo fija el algoritmo sino la relación genuina entre el medio y su audiencia.
Pero más allá de los modelos de negocio, hay una decisión que es puramente editorial, casi ética: la decisión de escribir como si al otro lado hubiera una persona. Con curiosidad, con criterio, con tiempo limitado y muchas cosas en la cabeza. Alguien que merece que le expliquen bien las cosas. Que se emocione si la historia lo merece. Que salga de la lectura sabiendo algo que no sabía antes o viendo algo familiar desde un ángulo nuevo.
El lector no necesita que lo sorprendas con un titular trampa. Necesita que confíes en que puede pensar.
Una última pregunta
Si mañana Google desapareciera, ¿seguirías escribiendo igual? ¿Seguirías usando los mismos titulares, los mismos formatos, la misma estructura? Si la respuesta es no, entonces el problema no es el algoritmo. El problema es que le hemos dado las llaves de la redacción.
El periodismo nació para contarle cosas importantes a la gente. No para encontrar a la gente en el momento en que busca algo en internet y aprovechar ese instante para llevarla a una página con publicidad. Eso es otra cosa. Es legítima como negocio, pero no debe confundirse con el oficio.
El algoritmo es una herramienta. Una útil, incluso. Pero las herramientas no deben dirigir la cocina. Eso le toca al cocinero. Y en este caso, el cocinero es el periodista. El que todavía recuerda que al final del texto, si tiene suerte, hay un ser humano esperando algo verdadero.
Análisis editorial · Medios & Tecnología · Mayo 2026
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