Una generación se prepara para un mercado laboral que quizás no los espere. Las alarmas suenan desde Wall Street hasta Bogotá, y los datos son contundentes.
Hay una escena que se repite en miles de universidades de América Latina: un joven de 22 años recibe su diploma, sonríe para la foto, y empieza a enviar hojas de vida a empresas que, silenciosamente, ya están reemplazando los puestos de nivel inicial con algoritmos. La pregunta que nadie se atrevía a hacer en voz alta hace tres años hoy ocupa portadas, informes de organismos multilaterales y reuniones de gabinete: ¿está la inteligencia artificial destruyendo el empleo antes de que los jóvenes puedan llegar a él?
La respuesta incómoda es que sí. Y que ya está sucediendo.
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Los números que nadie quiere ver
Según un informe de Goldman Sachs, hasta 300 millones de empleos podrían verse afectados directamente por la automatización a nivel mundial, especialmente en economías como Europa y Estados Unidos. No es una proyección distante: un análisis del mismo banco muestra que la tasa de desempleo entre personas de 20 a 30 años en el sector tecnológico ha aumentado casi un 3% desde inicios de 2024.
Este avance podría provocar la desaparición de 92 millones de empleos en todo el mundo para 2030, aunque al mismo tiempo se prevé la creación de 170 millones de nuevos puestos vinculados al desarrollo, gestión y seguridad de la IA. El problema, y aquí está el nudo del asunto, es que esos 92 millones de empleos que desaparecen son los que los jóvenes de hoy estaban estudiando para ocupar. Los 170 millones que emergen requieren habilidades que todavía no se enseñan de forma masiva en las aulas.
Los estudios indican que podríamos ver muy pronto una crisis de desempleo entre los recién graduados, porque la mayoría de quienes se incorporan al mercado laboral realiza tareas rutinarias de análisis de datos que la IA ya puede hacer mejor. El desempleo entre los graduados universitarios en Estados Unidos aumentó un 30%, del 2% al 2,6%, desde septiembre de 2022. En comparación, el desempleo entre la población general creció solo un 18%, del 3,4% al 4%, según el Banco de la Reserva Federal de Nueva York.
Dicho de otra forma: la IA no está atacando a todos por igual. Está atacando primero a los que menos experiencia tienen.
El trabajo de entrada ya no existe
Aquí está la trampa generacional que pocos quieren nombrar con claridad. Durante décadas, el mercado laboral funcionó con una lógica simple: entras por abajo, aprendes haciendo, y con el tiempo asciendes. Ese escalón de entrada era el que te permitía acumular experiencia, construir un historial profesional y demostrar tu valor.
Los puestos de nivel inicial, tradicionalmente ocupados por jóvenes que buscan ingresar al mercado laboral, se encuentran entre los primeros en ser automatizados por la inteligencia artificial. Esta tendencia genera preocupación acerca del acceso futuro al empleo para las nuevas generaciones, ya que existe el riesgo de que la sustitución de estos trabajos por sistemas inteligentes limite las oportunidades disponibles para quienes recién comienzan su trayectoria profesional.
El número de desarrolladores de software jóvenes cayó un 20% entre el pico de finales de 2022 y julio de 2025, según datos de nóminas de la mayor empresa de procesamiento de pagos de Estados Unidos. La tendencia contrasta con la estabilidad, e incluso crecimiento, del empleo entre trabajadores de mayor edad en esas mismas profesiones.
Los veteranos tienen algo que los algoritmos aún no pueden replicar: criterio construido en años de errores reales. Los jóvenes, en cambio, llegan con conocimientos teóricos impecables pero sin el historial que hoy justifica contratarlos por encima de un software que trabaja 24 horas sin pedir vacaciones.
Colombia y América Latina: más expuestos, menos preparados
Si el panorama global es inquietante, el regional es directamente urgente.
Un reciente estudio del Banco Mundial (abril de 2025) entrega cifras reveladoras: cerca del 40% del empleo en América Latina está expuesto a transformaciones significativas por cuenta de la inteligencia artificial generativa. En Colombia, el impacto podría ser aún mayor, ya que el país es uno de los más expuestos al riesgo laboral combinado con una menor capacidad de adaptación digital.
De acuerdo con un estudio de Fedesarrollo (2025), seis de cada diez empleos en Colombia están en riesgo de automatización parcial, especialmente en sectores administrativos, manufactura y servicios. Y aunque la tasa de desempleo bajó 2,3 puntos porcentuales en 2025 hasta el 8,9%, la proporción de jóvenes que no estudian ni trabajan sigue siendo del 22,1%, una cifra que hace difícil el optimismo fácil.
Las ocupaciones con mayor exposición a la IA en Colombia incluyen el personal de apoyo administrativo, así como profesionales, científicos, directores, gerentes y administrativos, según el informe del LaboUR de la Universidad del Rosario. No se trata de obreros o trabajadores informales: son precisamente los perfiles que la educación superior colombiana lleva décadas formando.
Según un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), las estimaciones sobre el riesgo de pérdida de empleos debido a la automatización varían entre un 10 y un 65%, dependiendo del país, una horquilla que refleja la enorme desigualdad regional en capacidad de adaptación tecnológica.
El «efecto cicatriz» que nadie olvidará
Goldman Sachs introdujo un concepto que debería preocuparnos tanto como las cifras de automatización: el llamado efecto cicatriz. Los trabajadores que pierdan su empleo por la irrupción de la IA van a tener serias dificultades para encontrar otro. Los que más sufrirán serán aquellos con menor cualificación digital y salarios intermedios. Además, cuando encuentren otro empleo, tendrá sueldos un 10% más bajos y mucha más inestabilidad laboral. Los efectos de la IA en el mercado laboral no serán temporales, sino estructurales.
Para una generación que ya cargó con las consecuencias económicas de la pandemia, entrar al mercado laboral con ese lastre puede significar una herida que dure décadas. No se trata de quedarse sin trabajo un par de meses: se trata de comenzar la vida profesional en desventaja permanente.
La paradoja que complica el diagnóstico
Sería deshonesto presentar este asunto como una catástrofe sin matices. Los mismos informes que alertan sobre la destrucción de empleos también señalan algo más complejo.
Entre 2019 y 2024, el número de puestos de trabajo está creciendo en todas las industrias analizadas, aunque los puestos de trabajo mejorados o transformados por la tecnología generalmente crecen más rápido. En las industrias altamente influenciadas por la inteligencia artificial, los salarios están aumentando al doble de la velocidad en comparación con aquellas menos expuestas a esta tecnología, según el Barómetro Global de PwC (2025).
El mismo informe de Goldman Sachs introduce la paradoja de Jevons, identificada en el siglo XIX: la mayor eficiencia en el uso del carbón terminó aumentando su consumo total. Aplicada al mercado laboral, la lógica es que la potenciación por IA hace a los trabajadores más productivos, lo que puede reducir el número de personas necesarias para una producción fija, pero también bajar costos y ampliar la demanda hasta generar un aumento neto en el empleo.
La paradoja es real. El problema es que esa promesa de nuevos empleos llega con una condición: que los jóvenes se preparen para ellos. Y ahí es donde el sistema educativo todavía falla con estruendo.
La educación que llega tarde
La demanda de títulos de educación superior por parte de los empleadores está disminuyendo en todos los trabajos, pero especialmente rápido en los roles expuestos a la IA. El porcentaje de empleos mejorados por la IA que requieren un título cayó 7 puntos porcentuales entre 2019 y 2024, pasando del 66% al 59%, y 9 puntos porcentuales para los trabajos automatizados por IA, según PwC.
Esto significa que cuatro o cinco años de carrera universitaria ya no garantizan lo que garantizaban antes. El mercado está premiando habilidades concretas y penalizando credenciales vacías. Según datos del Foro Económico Mundial (2025), las competencias con mayor crecimiento esperado son las relacionadas con inteligencia artificial y big data, seguidas de redes y ciberseguridad, alfabetización tecnológica y pensamiento creativo. En el extremo opuesto, la destreza manual y la precisión muestran una tendencia a la baja.
Es urgente que las escuelas secundarias y universidades enseñen a los estudiantes a usar la IA, no como asignatura optativa de último semestre, sino como eje transversal desde la educación básica. Mientras eso no ocurra, los jóvenes seguirán graduándose para un mercado que ya no existe.
Lo que los países que sí se mueven están haciendo
La OIT destaca el programa SkillsFuture de Singapur, que subsidia el aprendizaje permanente de los trabajadores en todas las edades, y el Plan Nacional de IA del Reino Unido, que vincula universidades, industria y gobierno en una agenda común de innovación con impacto social. En América Latina, el caso más avanzado es el de Chile, con su Política Nacional de Inteligencia Artificial 2021–2030, que prioriza la ética, la transparencia y la educación en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas.
El impacto de la IA no será uniforme. Los países con mayor inversión en educación, infraestructura digital y políticas laborales activas podrán aprovechar los beneficios, mientras que los rezagados enfrentarán un aumento en la desigualdad y el desempleo estructural, concluye la OIT. Colombia todavía está en el grupo de los que corren el riesgo de quedarse atrás.
El tiempo no espera
La inteligencia artificial no está esperando a que los ministerios de educación actualicen sus currículos, ni a que los legisladores aprueben marcos regulatorios. La adopción de la IA ha pasado del 55% en 2022 al 88% en 2025, lo que refleja su rápida expansión. El salto más relevante llega ahora con la llamada IA agéntica, capaz de tomar decisiones y ejecutar tareas de forma autónoma, según el informe de Infobae (abril 2026).
El reloj corre. Y mientras los jóvenes estudian materias diseñadas para el siglo XX, los empleadores del siglo XXI ya están contratando a sus reemplazos digitales.
Decirles a los jóvenes de hoy que la tecnología siempre crea más empleos de los que destruye, sin ofrecerles las herramientas para acceder a esos nuevos empleos, no es optimismo: es abandono disfrazado de argumento tranquilizador. La generación que viene no necesita discursos sobre el futuro. Necesita políticas concretas, currículos reformados y una apuesta real del Estado antes de que la cicatriz sea demasiado profunda para sanar.



